Y volviste de repente, apareciste de nuevo, sin previo aviso.
Y junto a ti traíste los recuerdos...los días que se hacían interminables, el deseo de desaparecer, el miedo, la tristeza que se pegaba como un chicle a la suela de mi zapato.
Al verte volví a sentir ese deseo de volar que había guardado, junto con los restos de una vida que esperaba no desenpolvar.
Por un momento mi corazón se detiene. Empiezas a hablarme, me preguntas cómo estoy, qué es de mi vida... y yo me pregunto, ¿y tú? ¿cómo estás tú?
Y llega el momento temido. Una pregunta que espera mi respuesta. Bajo la mirada. No sé cómo empezar. De repente siento que me he quedado sin aliento.
Una bocanada de aire. Tres, dos, uno...
Hay otro. Bueno, no se puede considerar como otro, pues nunca ha habido un nosotros...ni yo prometí que lo fuera a haber. Él. Alguien por quién todavía sigo en pie. Alguien que me hace sonreír, aunque lo que más me apetezca es llorar y rendirme. Él, solamente él.
Silencio. Llegamos a mi parada. Me despido con un rápido adiós y salgo veloz calle abajo. El aire golpea mi cara, y hace volar mi pelo por encima de los hombros. Y también hace volar de nuevo esos recuerdos...los aleja, y me devuelve otra vez a mi vida, la de ahora, la que me queda vivir.
Y mientras los tímidos rayitos de sol iluminan mi paso, me siento agradecida.
Muy agradecida.
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