Y lo abandonó. Pudieron más las punzadas y el deseo de libertad que el propio amor que durante tantos años habia henchido su corazón. Las manos blancas y trémulas, el pelo negro recogido en la nuca, y unos labios pálidos que se negaban a articular el último adiós. Un adiós que sería para siempre, la despedida al que había sido su único y verdadero amor. Pero ya nada era lo mismo, y aunque los dos lo sabían solo ella lo sentía, como una fría mordaza en el pecho.
Las lágrimas clamaban de sus pupilas verdes; la llama de la alegría se había apagado en los ojos que tantas veces protagonizaron sus fantasías más recónditas.
Pedían a gritos una explicación, la razón de su abandono a la suerte de los corazones rotos y desamparados.
Sin embargo, ella solo supo responderle con un abrazo como los de antes, cuando discutían por cualquier tontería y terminaban por perdonarse, cuando aún eran uno en vez de dos.
Pasan unos segundos que se hacen eternos. Recuerda el por qué de ese ardor en la cara, y el sollozo que quiere salir de su garganta, y lentamente se despega de él, de su cálido cuerpo, de sus olores y sus acelerados latidos.
Y camina, le da la espalda a una vida que jamás volverá, a noches que nunca logrará olvidar...
Pero si de algo está segura, es de que no volverá a dar marcha atrás.
Ohhh. Me gusta ;)
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