Indiferente, observaba uno a uno sus sueños marchitarse sobre la vieja alfombra del salón. Los recuerdos reducidos a escombros pasaban desapercibidos a sus ojos inertes fijos en la descolorida pared. El sonido de una gotera en la cocina, el tic tac de un destartalado reloj...
Poco a poco su vida volvía a ser lo que fue en un principio. Polvo, y después, nada.
¡Hay que vivir la vida!
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